jueves, 12 de noviembre de 2015

Desdespiste (reflexiones sobre el orden)

 Ayer no escribí porque estuve viviendo. No viví el amor de un amante; no viví la euforia de un artista o de un dionisíaco. Ayer estuve aprendiendo a ordenar los objetos que me rodean. Aquellos que me asesinaban de niña-sola-rara, aquellos que perdía o descolocaba y que me bautizaron como “despistada”.1

El despiste puede resultar algo encantador si se analiza externamente. Sin embargo, el caos, el desorden, ha sido siempre uno de mis mayores defectos. Y conseguir una armonía doméstica suele proveernos de una pulcritud intelectual necesaria para acometer grandes obras.

El ritual del orden consiste en encontrar una posición armónica de los objetos que facilite la asociación de ideas, la chispa analógica, la comprobación de aquello que no funciona y la eliminación o reparación de los elementos desestabilizadores del sistema. Ordenarse por dentro y por fuera está correlacionado.

Ordenar posibilita la analogía en el futuro. Un orden adecuado, un contexto adecuado, posibilita que algo deje de ser basura y se convierta en un objeto útil y bello. Los pensamientos se parecen a los objetos, ocupan un lugar real en el mundo y deben de estar expuestos en armonía. Es curioso: una nunca diría que un bosque sea desordenado. Hasta los pétalos de las flores dependen de la escala de Fibonacci. La inteligencia genera belleza en todo. Hasta el cabello enmarañado por el viento es hermoso.

1 Véase el cuento “La mujer pájaro”.

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